lunes, 20 de julio de 2009

Mas sobre el Pie de limón

De regreso, visito nuevamente aquel "calmo" lugar, cuyos muros posteriores se alzanban sobre los 3 metros, por delante tan solo mas muros y rejas. Por dentro un amplio jardín, césped bien cuidado sobre el cual reposan y se acarician doradas hojas que se precipitan desde inmensos árboles vaticinando la llegada del otoño. Tan solo un afán por minimizar aquel encierro, adecuado para continuar la búsqueda de aquella preciada realidad alternativa.

Quiero descolgar al sol,
chapalear entre las hojas,
estirar mi soledad,
correr entre los pasillos
y buscar la realidad
de que el perro no sea perro
y nada mas.

- ¿Pero porque tanta insistencia mi querido Marof? ¿Acaso es un síntoma de dependencia?¿Estúpida paciencia?¿O solo regocijo del cuerpo?
- Y es que extraño mucho sentirme mal, necesito agudizar otros sentidos, alimentar la autolamentación y aquel mortal deseo reprimido.

Aquellas frías, delgadas y blancas manos, suplicando liberación. Jugaban entre sus andrajos y sus ataduras. Puso entre sus labios un cigarro, aspiró dos veces y un tierno beso y una exhalación le pasaban el intoxicante humo. Quizás no podría compartir el resto del cuerpo, pero si un buen pucho.
A la mañana siguiente y tras tres duras semanas de desintoxicación, análisis de personalidad y falacias expuestas a la psiquiatra, que por cierto era la menos "cuerda" de todos los presentes en la sala, incluyéndome a mi ("cuerdo" se dice que todos encajan en mayor o menor grado entre las tres principales patologías psiquíatricas: Neurosis, psicosis y trastornos de personalidad. No me pregunten donde encajo) Dicha psiquiatra portadora de un tic muuuy insinuante en el ojo, con aquel espasmo en el párpado, anoréxica silueta, diálogo entrecortado o en ocasiones soliloquios, temblor fino en las manos al manipular objetos. Hasta ahora que caigo en la cuenta de que es ella una posible consumidora de antidepresivos.
Volviendo con nuestros protagonistas. Decidieron perderse un par de minutos. Recostados en aquella estrecha piltra, tan estrecha que no permitía maniobrar a los calenturientos amigos. Pero para estas cosas la creatividad no falta. Bajaron el colchón. Ya al tenerla recostada panza abajo puso sus suaves manos sobre su tierna espalda, vigorosos y contorneantes movimientos de pulgares descendían desde el cuello, surcando el ligero canal que se formaba a lo largo de su esbelta columna, alcanzando el punto más inferior de la gloria y el placer. Maniobras clónicas que dejaban sensaciones de tenuidad y sosiego, un descanso material a su psiquis, a su relativa y circusntancial sustantividad. Eran sensaciones que transmutaban su percepción, hasta llegar casi a la sugestión. Momento adecuado para reactivar el festín del sexo. Como aquel exquisito Pie de limón, que tras el primer mordisco te deja una agridulce sensación, tan sustancial, que ante la apariencia sólida termina lubricando tus fauces. Tal sensación evoca mi mente al degustarla, una mezcla de frios miembros, que penetran con lentitud y que se funden en aquella ardiente y estrecha oquedad. Nada se compara con aquel primer contacto.
De pronto suena el celular...Mierda!!! Que pésimo momento.
Del otro lado de la línea se escucha un memorable backtone...
Ella durmió al calor de las brazas
y yo desperté queriendo soñarla
algún tiempo atrás pensé en escribirle...
Al escuchar su voz tuvo la dicha de regocijarse en recuerdos nostálgicos. Aquel "inocente" rostro, dulces labios rosados y risueños negros cabellos y la única imagen erótica cierta entre estos signos, como el contorno escondido de sus senos a través de la blusa y el corpiño de encaje blanco, acompañado por un hidratante beso. Lo que me lleva a recordar nuevamente otro fragmento:
Porque supe al despertar
que mis sueños eran ciertos
y mi propia realidad
superó la fantasía
de ser vos la fuerza que
de la nada hizo vida y me la dió.
De vuelta a los amantes...
Aprovechó el tiempo para descifrar el mapa de aquella femenina materia, no más que un pueril intento. Pero muy a parte del sobremencionado tono de piel, se dibujaban coquetos contornos, surcos y recovecos naturales, y entre ellos, tatuada la automutilación. Se le antojaba excitante volver a jugar con navajas. Un poco de dolor entraña mas placer.

viernes, 3 de julio de 2009

De tu ausencia y del Pie de limón

De acuerdo a Mora: Para comenzar el relato tenía todos los elementos necesarios, un lápiz, un pedazo de papel, incansable paciencia, un iluso sentimiento de deseo contenido, opresión en el pecho, mi siempre fiel tristeza y un gran nudo en la garganta. Serviría como el paso inicial para descargar de la testa toda esa nostalgia, decir cosas que no me animo normalmente a decirlas y expresar mi sentir cuando hablar ya no basta.

- El contexto cronológico es totalmente fútil, del mismo modo la razón, sosegada por los juegos cortesanos con afable ímpetu en este ensueño.
- ¡Momento! ¡Momento! que me perdí en fútil.
- El horizonte quedará, como velo divisor y el sol enterrará con cada ocaso nuestro amor.
- Patéticamente romántico mi querido Marof, pero quien pensaría? El amor y sexo si venden.
- Prefiero perderme entre los pseudónimos y las circunstancias.

Marof caminaba todas las tardes, surcando un pequeño sembradío de seco maíz, alcanzaba la ahora asfaltada Av. Capitán Ustariz y lanzaba un sospechoso paquete por lo alto de la paredes posteriores del San Juan de Dios, todos los días a las 3 de la tarde. Su no tan ladina receptora, trémula y adormecida, intentaba interceptarlo en el aire, en pueril intento por coordinar la atrapada, el paquete se precipitaba de todas maneras al suelo, sus pies o desafortunadamente en algún fangal. Sus entorpecidos miembros le jugaban una mala pasada, atribuible a las altas dosis de citalopram, los ansiolíticos y la abstinencia. Los cigarros y ese provisional momento de placer, se exhalaban tras 8 bocanadas de aire, o quizás servirían para un trapicheo por algo más fuerte en el pabellón de los crónicos.
Receloso cruzaba la mirada un individuo, de marcha lenta y pasos cortos, seguido de duros tropezones que simulaban besar el suelo. En su rostro llevaba tatuada tan solo la desidia, mientras que sus manos parecían contar algunos pesos.
Languidecen las horas, en el horizonte se perfila la oscuridad. Y la luz de los faros, una quimera, abría su tímido paso entre la noche.

Conocía de memoria su silueta y a pesar del astigmatismo, podía reconocerla desde lejos, postrada en un banco de cemento, con la mirada clavada al infinito. Exhalando nuevamente un poco de humo de cigarro, desesperanzada y execrando aquel lugar. Vestía usualmente aquel atuendo, deportivo azul, un saco negro y unas zapatillas blancas.
El calor reconfortante de un calmo abrazo le devolvía a la “realidad”, y le arrancaba unas muecas de alegría al ver un rostro familiar entre la maraña de duelistas que rondaban el pabellón de mujeres. Nuevamente metió de contrabando otra dotación de cigarros, llevó poco esta vez, y ella increpaba. Surgía como dulce mentira que le devolvía aquella esperanza, exhalada con el último cigarro, pronto saldría, por tanto no era necesario llevar más cigarros.
Puede acaso recordar mi nombre?
Ella nunca asintió, pero se le antojaba familiar aquel indolente rostro.

Dejo atrás los duros recuerdos y solo se me ocurre dormir.

- Pues nada encuentro desde este margen, si serás un inepto!
- Si piensas irte cierra la puerta pues no espero más gente. Soy un hombre ciego, tratando de curar sus heridas, que pierde un poco de si con cada lágrima. Y contigo pierdo mares.
- Eres un dramático…

Le llamaba “impasible” pero a la hora de la verdad el era el impasible, recostado a su lado, esperando una señal para poder abalanzarse sobre su trigueño cuerpo. Pero pasaron por alto muchas señales, como cuando dijo: “hace calor, te incomoda si me aflojo los andrajos?” O como cuando puso su semidesnuda pierna izquierda sobre mi simia pierna izquierda, hasta que finalmente recriminó: “¿a que carajos esperas? ¿Vendrás o no a por mi y me cojerás?”
Esa era la señal…
Y al final no podría discriminar con exactitud el momento de mayor excitación, si complacer su ardiente conducta, a veces masoquista y subyugada, un juego de suaves caricias, golpes de látigo y navajas. O tomarla por las manos con fuerza y acorralarla contra la pared, desgarrando su blusa y el corpiño de encaje negro. Pero lo que le sacaba de quicio eran sus besos aspirantes, que le quitaban parte del aliento y de los cuales no podría obtener más réplicas.
Optó por acercarse por la espalda, sucia estrategia, tomándola con fuerza y recorriendo con sus suaves manos aquel escultural abdomen, aquella trigueña y lisa piel que temblorosa se agitaba al sentir la tierna caricia provocada por el roce de la yema de sus dedos, mientras arqueaba hacia delante su cuerpo en un intento por escapar, solo por dejarse a merced del deseo. Cruzando las largas y esbeltas extremidades de un suculento e indescriptible color con el que dotaron a Leskal. Desde el curvilíneo contorno de caderas, la estrecha cintura hasta su tórax, dejando ver algunas prominencias óseas, un deleite para un ser detallista como el. Al recostarla sobre el cómodo lecho y despojarla de sus atavíos, se deleita nuevamente en aquel particular color de piel. Comienza el frenesí de la carne, con besos, mordiscos y una reconfortante pausa. Tomó sus piernas con los brazos y beso a beso, paso a paso descendiendo por las rodillas, la tierna parte interna de sus muslos, hasta aquel glorioso monte que cobijaba su sagrada oquedad, en la cual, aquellos besos tan amargos pierden a los más cautos. Amargos y que llenan de dulce excitación, como el mejor pie de limón.
Dispuesto a empuñar el arma se incorpora, pero su mente naufraga nuevamente en un mar de huellas mnemónicas, hasta remotos lugares.

- ¿Podría considerar premeditado el que hayas olvidado mi rostro? ¿O es solo otro de tus juegos?
- Mmmmm. Hoy tuvimos otra sesión con el psicólogo. En esta ocasión me hicieron la prueba de Rorschach. ¿Crees que haya la posibilidad inducirles a que crean cual es la personalidad que tengo?
- No tengo idea. Pero me recuerda a aquel fragmento del tema de Pastoral, lo recuerdas?

Por que me dejan pensar en toda esa gente humana
Y después para jugar hasta me atan a mi cama
Puedo ver la realidad
De que el perro sea perro y nada más

martes, 2 de junio de 2009

Periférica Blvd. Overdose

Una continuación ficticia del libro de Adolfo Cárdenas...

Despoes de terarle tres platits de cardáncaldito meido a mi tocuar ¿no? Allí igualets, todo me lo morfo aunque así medio verde están algunas frutas. Mecho en la cama y me recuerdo todos los sus-sesos aca-he-sidos esa noche, desde la ronda nocturna con el chif hasta el interrogatorio del Maik ése. Me recuerdo de todiiito... así como sistuviera viendo fotografías en alta velocidad, osea en película: la muerte del loquito, las locas dese club, la bajada al puente, los ckolos, los perros botados poraqui porallá arrollados y disparateados, los artistas de la sastrería, toditiiito.. y así como en en el cine, me duermo profuuundo...

Me despierto de golpe como si en mi pecho miu bieran dado un warak'aso, igualets como cuando estoy de huardia y mis colegas o mis superiores meta a darme como si yo fuera saco de papas. Seis de la tarde yabiá sido. Rápido mealisto y salgo a buscar ¿a quién creen? Ala Yenny con doble ene pueeeesss porque aunque ahora yano'staba preocupado por el finadito, osea el Hombre que Supo o que no Supo Amar, qué se llamará ya ni m'acuerdo y del que nostoy seguro si me loé morgueado o me luán cargado como se dice ¿no? Iwal me quedado con el recuerdo desa birlocha en mi testa.
Rápido me alisto, me pasó el peine, hasta gel me pongo y voy en busca de esa k'alincha hasta la chifa "Punateña" pero ¡zás! en medio del camino mi'acuerdo que no tengo niún quibo, lana, mani, peso, nada de plata habiá tenido... casisito media wuelta le tiro cuando derepentes siá parece el cabito Juan Rosas como cayido del cielo se sabe decir ¿no? y me dice: ¿siuiro rundi tistas yendo? Tanto mey alegrado quel cabito mariachi había pensado que'staba. "Prestáme viente lucas" le digo y él: no ti procupis, uy purtí mañana purmí y sin más ni más me da un biyete.
Entons ay le pregunto: "que cosa pss estas haciendo en la sagrada hora de descanso" yel me refiere que al Oquendo l'abiá ido a dejar a su casa y también miá contado que bien raro estaba que en la mañana l'abiá llevado a comprar una docena de calzones al mercado Lanza, lo que'fectivamente es "uin raru" como dice el cabito porque el teniente es soltero y no se le conoce novia, amante, concubina, amiguita, compañera, pareja o ex mujer y para colmo su cara de t'isthapi había puesto todo el día.
Como ya no quería seguir perdiendo tiempo entons rapidito le despacho al cabo Rosas y me voy casi corriendo a la zona de los micro-cines-pohorno a buscar a mi Dulguinea.

lunes, 2 de marzo de 2009

Un relato que debió titularse "para tí" pero que se llama otra cosa

Cuatro de la tarde; tengo todo listo para partir hacia Pamela. Después de recontar todos mis quehaceres me doy cuenta que lo único que me falta, es recoger la ropa de la lavandería. Llego allí casi corriendo sólo para darme cuenta que olvidé el recibo. Mi falta de aliento no habla a mi favor. La tipa que atiende me mira desconfiada, me pide todos mis datos, e incluso me hace firmar un papel mientras yo pienso “tanto lío por un montón de ropa que no es ni mía ni suya”; en fin… no voy a desalentarme antes de comenzar la empresa.

En realidad, todo salió al revés desde que olvidé el teléfono de la hermana de Pamela (el mundo se divide en tres partes: los parientes de Pamela, los amigos de Pamela y los que Pamela no conoce). Ni modo, tuve que volver a mi casa a conseguir el famoso número y de vuelta al camino. Me sentía feliz, decenas de imágenes felices me acompañaron hasta mi arribo al micro. Antes, una parada, no podía llegar con las manos vacías, había tantas cosas que pasaron entre el día que ella se fue y el día domingo, cuando volvió; cosas que no pude decirle y cosas, como preguntas, que me urgía hacerle.
Lo recuerdo bien, la hermana me dijo: toma el micro que va hacia el barrio minero y Pamela me dijo: cuidado con que tomes el micro que va hacia Quillacollo. Yo obediente pregunté tres veces, a tres personas diferentes, antes de subirme: “¿Va al barrio minero? ¿Me deja en la parada antigua?”. Esos zoquetes fueron cómplices de mi posterior ruina.

Aguanté el sol en mi cara, los codazos de mi anciano vecino, las miradas lujuriosas del chofer, los gestos del retrasado niño que iba delante de mí, mi vejiga llena, todo. Ni siquiera me enojé cuando el automóvil se paró media hora a esperar pasajeros, más bien aproveché el receso para hacer una descarga (si, alivio). Me tragué todo el tráfico de la cancha ocupada en pensar las mejores palabras que resuman mis emociones para decírselas. Realmente nada importaba ahora que, después de tres años, por fin nos veríamos cara a cara.
Como el trayecto se alargó más de lo esperado mandé, por sms, mi primera señal de auxilio: “estoy en el cerro de San Miguel ¿me falta mucho para llegar?”. Nunca recibí respuesta y no me angustié en lo más mínimo; me acomodé en el asiento y seguí divagando.

Mi preocupación renació cuando vi que el sol estaba del otro lado y por un largo techo ya habíamos dejado el asfalto. El paisaje era tan distinto al que yo estaba acostumbrada, conocía esta realidad hecha de pobreza y desolación pero me esforzaba en ignorarla, ni siquiera ese remedo de conmoción azuzó mis expectativas. Yo estaba llegando a Pamela y sólo en eso pensaba.
Cuando la cosa se puso más negra (grandes espacios deshabitados, arboleda tupida, tierra por doquier) realmente me alarmé. Consulté con el único pasajero y me remitió con el conductor, éste, en vez ayudarme me confundió más, porque mientras más insistía yo en que me deje en la parada antigua, más se empeñaba en mencionarme todas las ex paradas; yo trataba de ahogar su voz en mis oídos, procuraba recordar palabra por palabra las indicaciones de la hermana y las cotejaba con el lugar dónde me encontraba, nada encajaba.

Hora de tomar de tomar resoluciones: tomé mi móvil, llamé al celular de la hermana; suena que te suena; no hay respuesta; intento de nuevo; mensaje de alerta: batería descargada, el principio del fin; llamo de nuevo y el teléfono se tira, osea, se apaga; lo prendo invocando a todos los santos, desde San Gabriel hasta al Ekeko, se prende dos segundo y se vuelve a tirar. No hay tiempo para dubitaciones, cada vez me alejo más de la ciudad; entonces, literalmente, le imploro al chofer que me preste su celular: él, convenientemente –claro-, no lo trajo ese día. Convenzo al otro pasajero para que me preste el suyo, “no tengo” me dice, su mala voluntad no me detiene y le digo que yo cambiaré mi chip con el suyo. Cambio el asunto a todo chancho y llamo, suena una, dos, tres veces y la llamada se corta, la señal de mi respetable compañía telefónica, no llega hasta ahí. En estos momentos, mi consternación ha alcanzado tal punto que no consigo pronunciar ni siquiera groserías. No se explicarme ante los testigos, estoy atónica y paralizada, no tengo dinero, no tengo idea de dónde me encuentro y no hay nadie que pueda ayudarme.

Me bajo. Me bajo sin dar explicaciones y dejando la impresión de ser una loca. Camino, cuatro o cinco cuadras y me topo con una tiendita de barrio, las más ínfima y triste y la más esperanzadora que yo haya visto. Llamo, contesta la hermana y me avisa, de lo más tranquila, que he tomado el micro correcto en la dirección equivocada. Entonces no puedo contenerme más y le grito al mundo lo que pienso de él.

Estas son las cosas que me hacen odiar mi vida, Pame.

Subo al micro de vuelta y mascullo en mi interior toda mi impotencia, todo el camino. La hora y media de camino. Todo el espacio que recorro para llegar a tu casa. Pienso una y otra vez que lo primero que voy a decirte es que las cosas que me pasan son las que me hace odiar al mundo; y cuando llego… no estás en tu casa, si no afuera, dejando por primera vez en tres años que los mosquitos se sirvan de ti, en esos shorts anchísimos que tu hermano te prestó y que seguro piensas que son lo más cómodo de tu vestuario. No quiero que me veas pero lo haces, tu hermana, esa persona que pertenece a la parte del mundo que son tus parientes, me llama con las manos, ¡ojalá tu me hubieras llamado con las manos, Pame! Y me alisto para nuestro primer contacto. Tú, lo haces mejor: pides a tus sobrinos que se vayan lejos y caminas hacia mí, sonriente y desafiante ¿Vas a golpearme? Realmente no espero menos pasión tuya; y sigues viniendo, es un eterno venir y escurrirte, yo sé esto con tanta certeza, como tu sabes que, mientras camino hacia ti, he hecho un profundo análisis a mis sentimientos y he descubierto –para mi sorpresa y alegría- que en esta payasada de vida, que en mi farsa particular, he encontrado a alguien que puedo llamar amiga.

sábado, 14 de febrero de 2009

Circunloquios

Su vida está llena de buenos recuerdos, lamentablemente, son solo algunos los que recuerda a la hora en que su cuerpo toma conciencia de su muerte, un hecho inminente para todos.
De no creer en la eternidad, ¿llegaría a ser relevante aceptar las consecuencias de como pasamos nuestro tiempo en la tierra? De ahí que quizás deberíamos tomar a la muerte con más frivolidad. Y como cierta ocasión mencioné “nunca sentí la necesidad de buscar, ó, dejarme encontrar por algo divinamente supraterrenal, solo un largo proceso por ocultar lo malo de nosotros.”

Como aquel burdo ensueño, en el que aparecía en pelotas en la sala de un concurrido edificio, y frente a mi, un letrero que decía: “la desnudez está estrictamente prohibida”. Ensueño que me recordaba que las reglas son un mal necesario de la sociedad, aunque muy mal definen los criterios de normalidad. El que la masa funcione en relativa armonía bajo dichas reglas no otorga el derecho de catalogar como inadaptados o disfuncionales a los que no encajan en dicho grupo (me incluyo en el). Ejemplifico un hecho médico simple. Los rangos normales de presión arterial van de 60-90 y de 100-140 mmHg. Pero hay individuos que muy bien toleran presiones por debajo de estos límites (hipotensos), e incluso viven mucho más tiempo que aquellos que considerarían estar dentro del “rango normal”. Aquellos hipotensos están en perfecta homeostasia, al igual que ciertos individuos que no viven bajo ciertas reglas. Quizás deberíamos considerar revisar viejos paradigmas…

Desvaríos que me recuerdan un viejo, antiguo y pecaminoso pasaje. Se inició hace ya tiempo. Raquel, aún en condición de estudiante, aumentó la frecuencia de visitas a su nuevo médico, y no justamente por estar estropeada. Y a pesar del par de lentes y su aire altanero, consideraba simpático que el reaccionara mostrando su retorcida sonrisa ante sus chistes, sacados del mejor chicle…¡Bazooka!. Notó que aquel lenguaje médico refinado, las palabras rebuscadas que en ocasiones ella dudaba si existían y su filosofía barata, solo representaban…un afán por verse menos vulnerable.
En el encontraba sosiego, anhelada redención e hipócrita alegría. Así como la religión es el opio de las masas, él pronto se convirtió en una necesidad, era el opio de su marchita alma.

Tras una semana, fue invitada a su casa, compartieron una cena y una épica historia. Al llegar media noche, la llevó a una de las tantas habitaciones vacías, justamente a la suya, la recostó y se sentó a su lado. Después de besarla en la frente se aprestó a marcharse, pero Raquel le retuvo al tomarle del brazo. Se levantó y apagó la luz, ella siguió sus pasos, y, una vez que se sintieron frente a frente, comenzó un frenesí de besos, caricias y suaves mordiscos. Uno a uno, fueron cayendo los andrajos, hasta que solo se sentía el calor emanado del cuerpo. Pasó su suave pero hidratante lengua por su varonil cuello, tomó un atajo por su pabellón hasta retomar nuevamente la boca. El por su parte, la tomó con fuerza, y con una hábil maniobra la giró 180º, dejando a merced suya el cuello, dorso y prominentes posaderas, mientras su humedecida mano se regocijaba en la entrepierna de Raquel y…

Se escucharon tres pasos, el golpeteo de la puerta y dos disparos. Era la esposa, que había llegado dos días antes de lo programado.

¿No podríamos considerar esto tan solo como...un mal entendido?

jueves, 12 de febrero de 2009

Suceso dramático-emocional clásico

Emprendieron el viaje de retorno a casa, caminaban tiernamente tomados de la mano por la misma sucia calle, por las mismas nueve cuadras y media que les separaban de la facultad, entonando los mismo sucios diálogos: “¿Quien te quiere, quien te ama?...Rata se llama”
En cuestión de segundos, pasó de la simple molestia a la total discordia, cuando ella decidió que era hora de frecuentar a nuevas personas, solo en afán de no entrar a la rutina. Rutina que se había establecido hace ya mucho.
Pero su verdadero afán era disimular su evidente tedio al tenerle a su lado. Tedio del cual se percató hace ya mucho, y que lo veía acercarse como futuro 9º rompimiento, despertando cierta ansiedad en el, al imaginarse nuevamente solo. Veía peligrar su dependencia emocional, sus múltiples dosis de navajas y sexo alocado y en cuyo lugar se instalaban el vacío crónico, ira incontrolable y una autoimagen desgastada por los múltiples intentos de suicidio, 9 para ser precisos. Todo un vano esfuerzo por evitar el abandono, profundizando aún más su inestable relación.

El paseo se convirtió en una frenética marcha, él detrás de ella, entablando un devaluado soliloquio, excusándose por su comportamiento y promesas de cambio que caían estrepitosamente de su boca. Renegando contra su infancia, contra su terapeuta y contra los placebos y el citalopram, que lo único que habían logrado era resecarle la boca. Nada fue efectivo para cambiar su parecer, ella siguió caminando presurosa, hasta perderse por detrás de la puerta de su casa.

Le habían cerrado la puerta en la cara y la idea de que no se hubiesen despedido de el le revolvía la sesera. Necesitaba un trago de agua para su reseca boca, aunque uno de vino vendría mucho mejor. Y frente a los 140 Bs que puede llegar a costar una botella de Navarro Correa y a la creciente crisis, no fue tan mala la idea de los 3Bs que le costaron una jeringa, el alcohol medicinal y la naranja para un efectivo cóctel.

Lamentablemente terminó con los flexores de la mano desmochados, al saborear nuevamente la automutilación.

lunes, 2 de febrero de 2009

Canela maldita

Hay un periódico en mi ciudad que me hace los domingos tétricos. No podría explicar muy bien qué es lo que sucede, lo cierto es que siempre que termino de leerlo me dan ganas de morir. Empezando por la compra, toda va de mal en peor: las periodiqueras la traen conmigo, que no tienen cambio, que justo se les acabó, que tengo cara de pocos amigos, etcétera. Cuando finalmente me hago del ejemplar lo primero que leo son los titulares sañudos, parcializados... completas mentiras; afortunada o infortunadamente, la costumbre es capaz de paliar las indignación más férrea; por eso a nadie le importa la pobreza, la injusticia, la degradación ecológica, el maltrato infantil; y si le importa a lo sumo se limita a denunciarla, tal como yo estoy haciendo en este momento.
Abordo el periódico en orden: primero el cuerpo A, donde están las noticias de interés nacional y las notas internacionales... pura mierda, puras malas noticias. Me voy al segundo cuerpo y me encuentro con malas noticias que suceden en mi espacio inmediato cercano, de contrapunto ponen artículos sobre empredimientos empresariales pero son tan aislados y tan pequeños que sólo aumentan mi tristeza.
Se supone que el cuerpo C, trae las notas más interesantes: cultura, tecnología y avances médicos. Me leo el artículo de portada y me doy cuenta de lo marginal de mi vida. Paso a la página 2 y me topo con las peores blasfemias proferidas contra un ícono de mi juventud. Y yo pensaba que no había nadie en el mundo que pensara así de ese hombre. Toda mi fe en la humanidad está perdida.
Finalmente me dirijo al objeto de mi compra: los anuncios clasificados. Clasificados 1, nada; clasificados 2, puros anuncios de empresas que te obligan a vender malos productos por sueldos míseros o peor, por comisión; clasificados 3, nada. Totalmente frustrada cierro el periódico y me cuestiono muchas cosas, por ejemplo, el hecho de que gente más tonta que yo esté haciendo más dinero; el que sea necesario trabajar en algo que no me gusta, o todo el puto sistema que te induce a tomar decisiones que van en contra de tu naturaleza. Estoy completamente de acuerdo con Bukowski: toda esa gente que se rompe la espalda trabajando en sus oficinas vive como un vegetal. Tal vez, si alguien dependiera de mí, no tendría tiempo de pensar en estas cuestiones.

Todo esto es una porquería y este periódico inmundo sólo lo confirma. No hay ni una sola línea de esperanza para mí ¿No podría ser un poco más como la televisión? Algo de entretenimiento fácil y humor muy de vez en cuando; o como Opinión, que tiene sus revistitas de fin de semana en los que siempre hay algo interesante. Pero no, este mórbido periódico se impone, se alía a ese agujero negro que se llama domingo, me devora y luego me escupe el lunes en la cara.